El desembarco
Fotografía x @loulia

El desembarco

Fotografía x @loulia

Cuando yo era joven en lo primero que pensaba era en el sexo. Sexo siempre. Sexo a todas horas, sexo por la tarde, sexo por la noche, sexo por el lagarto que escapó y por la ropa tendida en el patio interior de una vivienda desahuciada.

Sin embargo, la idea del sexo por el sexo pronto se desvaneció y comencé a enamorarme de una chica. Luego, por cualquier causa esa chica me rechazó, pero la pena no solía durar mucho porque a la semana siguiente volvía a enamorarme de otra chica distinta y así fue todo más o menos durante esos años…

Después, comencé a sentir una especie de pasión por las mujeres mucho más mayores que yo. Es decir, me gustaban las mujeres de 50 o 60 años. No sé, veía en ellas algo que a mí me faltaba. Pero sobre todo estallaba observando sus formas de caminar, verlas salir de un portal o subiéndose al autobús. Eso me evocaba un sentimiento parecido al del reposar en mitad de una guerra mientras las balas llueven y lo único que te importa es la mancha que tienes en la bota izquierda.

Esa idea me atravesó y no ha cesado hasta hoy.

Ahora ya no me entusiasma el tema del sexo, y hace al menos tres décadas que ya no me enamoro de nadie, ni siquiera de mí mismo.

Ya no me obsesionan los ojos, ni los colgantes en mitad del pecho que cuelgan de cuellos kilométricos, ni siquiera unos zapatos que suben y suben, capaces de incendiar un armario entero. No sé, supongo que ha llegado el momento de que esas historias no palpiten aquí dentro.

Podría ser el cansancio, o quizás la vida haya cambiado. Esto no consiste en nada ni en nadie.

De repente, la que escribe esto mira el espejo, guiña un ojo y dice en voz alta: « No es una derrota si nunca luchaste».

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